Yoga: transformación y libertad

TRANSFORMACIÓN Y LIBERTAD

Las estrellas no se inmutan
por mucho que aúllen los chacales
Antiguo adagio indio.

El entrenamiento corporal en asana (postura) ligado a un flujo atencional dirigido hacia el acontecer del presente es un instrumento de enorme poder que permite multiplicar los efectos beneficiosos de los trabajos de fuerza, elasticidad y equilibrio propios de las posturas y las secuencias dinámicas. Pero además, el Hatha Yoga cuenta con técnicas de gestión energética: pranayama, mudra, dhrishti y bandha, capaces de potenciar los efectos de la práctica postural. Cuando a la práctica físico-energética se le suma la práctica meditativa, energía y consciencia trazan el camino hacia un bienestar no basado en los efectos transitorios de los logros personales, sino en el desarrollo y potenciación de nuestras cualidades reales, aproximándonos a nuestro ser más genuino, a nuestra naturaleza esencial, todo lo cual florece en forma de inteligencia, creatividad, poder, autonomía, armonía y claridad.

Desde la perspectiva del Yoga el ser humano es un todo indivisible, cuerpo y mente no se consideran como entidades separadas, por ello se trabaja de forma holística. Podemos, no obstante, enumerar algunos de los beneficios que el Yoga proporciona en los diversos ámbitos, que funcionan necesariamente interrelacionándose:

1 - En el cuerpo corrige la postura, desarrolla la propiocepción, despierta la inteligencia somática y la intuición, equilibra la actividad entre ambos hemisferios cerebrales, mejora diversos tipos de afecciones físicas y armoniza las energías internas, promoviendo una sensación global de bienestar y equilibrio.

2 - En el ámbito de la personalidad, desarrolla habilidades y actitudes como la ecuanimidad, la empatía, la paciencia, la honestidad, la alegría, el afecto, nos enseña a gestionar el estrés no adaptativo, hace crecer los estados de serenidad y bienestar, así como disminuir los estados de ansiedad y depresión.

3 - En el ámbito del desarrollo cognitivo, aumenta la concentración, la inteligencia, la creatividad y la memoria, al tiempo que hace disminuir los automatismos y las respuestas emocionales reactivas. Favorece la metacognición, un fenómeno que nos permite atender a las experiencias internas y externas y al mismo tiempo, reflexionar conscientemente sobre ellas. Propicia el surgimiento de la experiencia inefable de comunión, la vivencia unitaria de pertenencia a todo lo existente, la Unión proclamada por todas las tradiciones meditativas.

En su conjunto, las técnicas y métodos de la disciplina del Yoga nos aportan beneficios que, en definitiva, nos conducen hacia una vivencia más plena de la vida, la experiencia cotidiana se hace más vívida y la claridad comienza a dibujarse como el espacio de aprendizaje permanente donde es posible desarrollarnos como personas más resilientes, menos reactivas, aprendiendo de toda circunstancia y acontecer en nuestra vida, habitando nuevos espacios de experiencia nunca imaginados, haciéndonos libres.

 

 SALTO DE NIVEL: HACIA LA LIBERTAD

La persona que ha nacido con una inclinación hacia lo Divino
es intrépida y su corazón, puro

Bhagavad Guita

La dimensión terapeútica del Yoga para el cuerpo y la mente es conocida como Yoga Chikitsa. Es la salud una de las primeras demandas que las personas hacen a esta disciplina. La otra, mejorar las cualidades personales. Pero no nos engañemos pensando que aquí concluye el alcance de la práctica de Yoga. Entramos en una dimensión poco conocida pero bien atestiguada por los sabios y místicos de toda época y cultura. Nos referimos, a falta de otro término de común acuerdo, a la dimensión “espiritual” del ser humano, negada por unos, malentendida por otros, en el peor de los casos excusa para manipular las vidas de los demás según intereses particulares a través del dogma religioso o de la mercantilización. 

El concepto de espiritualidad, de difícil definición, es contenedor de diversos significados provenientes de nuestra historia y cultura, más o menos atractivos o antipáticos para unos y otros, considerando que ha estado ligado generalmente a la esfera de lo religioso. No obstante, se ha reclamado hace tiempo, dentro del largo proceso de secularización de nuestra cultura, una espiritualidad laica y libre desligada del influjo y tutela de las grandes religiones.

Desde nuestro punto de vista, lo espiritual solo puede desarrollarse en el marco de la voluntad de autoconocimiento y de exploración de la verdad del ser que se encuentra más allá (o más acá) de los condicionamientos, las creencias y los patrones aprendidos y repetidos sin descanso. Lo espiritual sería así, el principio inspirador e impulsor del ánimo en pos de la verdad, el vigor natural, la pulsión del ser humano hacia la libertad real.  

Hoy en día no sólo no se cuestiona ya la existencia de ciertos estados de consciencia que procuran vivencias con entidad propia, sino que de hecho se han convertido en sí mismos en objeto de estudio. En esta clase de estados, la consciencia se muestra como una fuerza capaz de habitar un espacio sin límites, donde el conflicto se agota y donde gobierna el sentido de unidad, cuyo sabor está hecho de puro amor. A este estado lo llamaron los antiguos sat-chit-ananda, ser-consciencia-bienaventuranza. Ahora bien, este tipo de experiencias, si bien suponen la cumbre del camino del yogui y la yoguini, no son un “lugar” al que haya que llegar tras grandes esfuerzos; es algo que ya está aquí, en cada uno de nosotros, pues se trata de nuestra naturaleza esencial. La tarea consiste pues, únicamente, en hallar la forma de actualizarlo en nuestro presente, en nuestra realidad cotidiana, y esto es Yoga.