Bhakti Yoga (Yoga de las emociones)

 

Dame fuerzas para soportar con ligereza mis alegrías y tristezas.
Dame fuerzas para que mi amor sea fructífero en el servicio.
Dame fuerzas para no repudiar nunca a los pobres
ni arrodillarme ante insolentes poderes. 
Dame fuerzas para elevar mi mente por encima de las nimiedades cotidianas.
Y dame fuerzas para rendir mis fuerzas a tu voluntad con amor.

TAGORE, Gitanjali

 

El sentido del Bhakti Yoga, el yoga de la devoción, aparece ya claramente definido en el Bhagavad Guita (obra que data, posiblemente, del siglo III a.n.e.), donde Krishna -arquetipo del Absoluto- le dice a Arjuna “los que fijando la mente en Mí, Me adoran siempre con perseverencia y fe suprema son, en mi opinión, los mejores en el Yoga”. Como movimiento masivo y articulado, el ya propiamente llamado Bhakti Yoga surge en torno al siglo VI d.n.e. en el Sur de la India y se extiende posteriormente a todo el subcontinente entre los siglos XII y XV, siendo el propósito de esta senda despertar en sus practicantes la capacidad de amar el universo hasta el punto de divinizar la existencia y sustituir todas las emociones que los atan con placeres y dolores al mundo del ego por una única emoción: la devoción. Mediante un proceso de purificación paulatina basado en trabajos de un carácter más claramente mágico-ritualista, las diferentes prácticas de Bhakti Yoga, la “vía del corazón”, nos sirven de guía para desidentificarnos de nuestros deseos egoicos, pasiones bajas y emociones reactivas derivadas (dispersión, ansiedad, depresión, odio, egoísmo, miedo, autoindulgencia, codicia, dependencia, envidia, ira, inseguridad…), de suerte que lleguemos a sublimar toda emoción como un universal arquetípico y acabemos, finalmente, por experimentar la no-dualidad esencial que subyace a todas las cosas, comprendiendo el hecho de que todo permea todo, de que todo está en todo; comprendiendo que nuestro ser, libre de apegos, aversiones y condicionamientos, es puro amor, pura devoción. 

Desde la impecable claridad del discernimiento, la práctica del Bhakti Yogui nos muestra el camino para aprender a amar, permitiendo que aflore en nosotros, sin resistencias, esa gran experiencia unitaria donde todo es uno, donde las ilusorias fronteras entre las cosas y las personas se funden, dejando que la gota de agua reconozca al fin su pertenencia al todo, su naturaleza de océano. En este estado, el yogui o la yoguini puede llegar a comprender, desde lo más profundo de su ser, que la voluntad individual y la voluntad del universo se corresponden.

En la India, el camino del Bhakti Yoga tiene, como decíamos, una tendencia ritualista que hace que acceder a él resulte algo complejo para los occidentales, ya que ese amor al que aludimos a menudo aparece canalizado a través de símbolos arquetípicos de deidades, formas de representar las fuerzas primordiales que operan en el Universo (interior y exterior).  El trabajo con estos símbolos a menudo no se suele considerar o practicar en Occidente (o bien se practica superficialmente o completamente tergiversado), ya que en ocasiones puede despertar recelo en los practicantes por su posible confusión con una aproximación religiosa-dogmática hacia la vida. Es importante resaltar, sin embargo, que la tradición del Yoga, si bien constituye sin duda una vía mística de comprensión de la realidad más allá del conocimiento racional, siempre ha tenido como objetivo la liberación integral del ser humano, y no comporta por tanto la asunción de dogma alguno. El uso de deidades arquetípicas en la tradición del Yoga tiene como objetivo la estimulación de nuestras facultades de comprensión estéticas, simbólicas, emocionales y devocionales de la realidad para despertar en nosotros la capacidad de ese inefable amor oceánico, no el adoctrinamiento en creencias religiosas.

El Bhakti nos invita constantemente a abrir nuestro corazón a la belleza del Universo y su flujo natural, a desarrollar la capacidad de aceptar y agradecer incondicionalmente todo lo que la vida nos brinde. Esta forma de amor es lo único que necesitamos comprender y vivenciar en cada instante de nuestra existencia para alcanzar la felicidad, la plenitud total.